Un encuentro es la facilidad con la que un tranvía de La Haya te dice que está a punto de atropellarte. Me traslado en algo que debería llamarse anticipación por las calles de una ciudad demasiado familiar hacia un hotel que nunca pensé que vería por dentro. ¿Cuál sería el motivo?
Un encuentro es demasiada información recitada mecánicamente por la robot-mostrador-persona que se dirige a mí con un tono que se hace pasar por hospitalidad profesional. Me olvido de los horarios del desayuno, me olvido de dónde desayunar y de qué hacer exactamente con el wifi. Creo que algo sin códigos. Justo enfrente de este mostrador hay un mostrador de inscripción para el festival. Me preguntan quién soy, recuerdan lo que vengo a hacer aquí. Un ritual arbitrario, pero que hace que me sienta como en casa en una ciudad a la que no he llamado así desde hace años.
Un encuentro es un vistazo desde la ventana de una habitación de hotel, en el cuarto piso. Una instantánea para Instagram porque la gente tiene que saber lo que estamos haciendo. Me siento afortunado con esta nueva perspectiva de la ciudad, anoto unas cosas en una hoja que sin duda voy a perder. Enciendo la televisión para simular algo de vitalidad y observo el caos que mi presencia ha producido en esta habitación.
Un encuentro es aparecer un poco tarde, pero no ser el último del grupo en llegar al vestíbulo. Un sentimiento de ir de excursión con el que, sin decir mucho, exploramos nuestro lugar en la dinámica del colectivo. Allí encuentro a Carmen, que hará que mis líneas bailen en un idioma, no en el mío. Me doy cuenta de que los traductores son portales que trasportan un pensar a otros mundos. Llamo a uno de los otros invitados del festival, pero acabo en el buzón de voz. Una llamada ignorada.
Un encuentro son los primeros intentos de contacto. Es agradable tener algo en común con extraños. Facilita la conversación. Se me dan mal los nombres. Los repito en mi cabeza. Carmen, Joep, Joyce, Koen, Scott, Sharlene, Lana y Mauro. Radna es un encuentro de hace meses. La gente se ríe. Me cuentan de dónde vienen. Cuánto tiempo han estudiado en los Países Bajos y si esta es la primera vez en La Haya o no. Escucho que sólo tenemos que recorrer doscientos treinta metros. Y nos vamos.
Un encuentro es un restaurante mexicano en la Houtstraat. Lugar desordenado y apretado. Algo está vivo. Bebemos horchata y comemos tortillas caseras. Entre las filas está presente una intolerancia a la lactosa. Dos vegetarianas. Esto significa que la comida no llega simultáneamente. Las necesidades dietéticas tienen prioridad. El vino se toma en un vaso de whisky, la sopa en un vaso de agua. Esperamos demasiado por nuestra comida, pero la comida está buena. Nos estamos perdiendo partes del festival que queremos ver, olemos el pañal del niño de la mesa de al lado, pero la conversación es entretenida y los cócteles son a expensas de otra persona y están ricos, excepto uno.
Nota mental: tequila, pomelo rosado, zumo de lima y sal en el borde; un brebaje terrible.
Un encuentro es un festival. Un hombre negro con un violonchelo y en algún lugar se oculta un chiste sobre black people and Royal folk. En la cafetería de al lado quedo con una amiga que no tiene entrada para el festival. Charlamos. Hace mucho tiempo que no nos vemos. Se marcha calle abajo y yo quiero escuchar a Murat Isik. Golden boy, o algo así. Me aburro, pero sé que tengo que llevarme algo de todo esto porque todavía tengo que escribir y ¿qué he experimentado hoy realmente?
Un encuentro es Pitou. Una adquisición del vinilo, mediante transferencia directa a la cuenta bancaria de la vocalista principal. Me cautiva con su suavidad. Ella bromea y yo me río.
Nota mental: el 15 de noviembre concierto en el Paard. El 15 de noviembre concierto en el Paard. El 15 de noviembre concierto en el Paard.