Bloquecito, cuadradito, rombito
Perdida por allá, ahora un poco más lejos del mar, pero más cerca del verde, Andrea pregunta de qué manera traducimos el texto; así, perdiendo el doble sentido, pero conservando el tono, o al revés.
¡Ambas, ambas!
Una oda a Andrea me parece oportuna. El traductor es el verdadero lector, bajo la sagrada creencia en la intención del autor, aunque el autor mismo no siempre esté seguro de que esa intención exista de verdad. Claro que no pretendo, como escritora que soy, compararme con Dios, pero si es que hubo un Creador del mundo, tal vez él tampoco dé crédito a sus oídos si escucha cómo las personas interpretan los detalles de su obra como si fueran partes cruciales de un todo intencional. Mientras que él, o ella, quizá también escribió, como quien dice, por escribir.
Pero entonces, esa era justamente la intención, escribir porque sí. Y así lo tenés que traducir, para que se lea como escrito porque sí. Eso te lo dejo a vos.
Esferita, circulito, disquito
Después del festival, alguien me envió los poemas de un poeta ya muerto, un inglés, junto con un ensayo en el que la autora escribía que ese poeta muerto solía decía que, como escritor, se está siempre en diálogo con textos anteriores. Y lo lindo era que no solo tu texto se leía a la luz de lo ya escrito, sino que, ni bien escrito, también esos textos anteriores se leían a la luz del tuyo. De modo que entonces alguien, por así decirlo, podría sostener que la obra de Borges está fuertemente influenciada por la obra de Gerda Blees.
Por cierto, eso de la influencia retroactiva no es una definición acuñada por este poeta muerto, sino por otro poeta muerto, que murió antes que el primero y en cuyo ensayo, que leí poco antes, decía lo mismo. A menos que Eliot tuviera el don de la adivinación y lo usara para cometer el plagio perfecto.
Anotado: Novela de realismo mágico sobre un poeta con el don de la adivinación que plagia la obra de futuros poetas.
Triangulito, conito, piramidita
¡Ella escribe sin pensar, escribe sin pensar!
Borges escribió una vez un cuento fantástico sobre una lotería que de a poco se fue pareciendo cada vez más a la vida real. Pero Shirley Jackson escribió un cuento todavía más fantástico, también sobre una lotería; en él, la gente de un pueblo decidía al azar quien, entre sus habitantes, sería lapidado. Cuando el cuento salió publicado, la escritora recibió un montón de cartas de indignación; la gente quería saber qué quiso decir ella con ese relato. Un mes después de la publicación, escribió en un diario (esto lo saqué de Wikipedia): “Explaining just what I had hoped the story to say is very difficult. I suppose, I hoped,…”
Ahí, donde están los puntos suspensivos, le seguía un intento de explicación. La reconstrucción de una intención que tal vez no estaba ahí en absoluto en el momento de la escritura. No de forma consciente, en todo caso. Por lo que tampoco se le puede llamar intención, a menos que seas un escritor tan excepcionalmente talentoso que sepas convencer al lector y ampliar el significado de la palabra “intención” de modo tal que se convierta en un relato terminado.
La madre de Jackson le escribe (esto también lo saqué de Wikipedia): “Why don’t you write something to cheer people up?”
Y con esa pregunta, nos despedimos.