Inleiding
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Diego Zúñiga

Creo que todavía no se los cuento, pero aquí va: ese primer día en La Haya —el día en que caminé 10 kilómetros y conocí Scheveningen—, volví al hotel en un Uber, a eso de las diez de la noche, absolutamente derrotado por esa caminata infinita. Antes de entrar al Mercure, eso sí, me di cuenta de que no había cenado, así que busqué un lugar donde sentarme y comer algo. Caminé —muy lento, por supuesto, ya no había energías—pensando en cómo juntaría ese puñado de palabras en inglés que me permitirían decir algo que tuviera sentido.

Roelof ten Napel

Toen ik ‘s ochtends, de dag na het festival, mijn tas weer pakte, ontdekte ik mijn sjaal te zijn kwijtgeraakt.

Of ja, ‘mijn’ sjaal.

Hij is, of was (ik weet niet welke werkwoordstijd ik eigenlijk moet gebruiken) van Annemarie. Die ontmoette ik de avond van mijn boekpresentatie op een terras in Amsterdam. Ik zat daar behoorlijk te hoesten, omdat ik altijd te laat ben met het wisselen naar mijn winterjas, en een verkoudheid opgelopen had, Annemarie zat naast me en bestelde een grog – dat kende ik niet, maar is een mengsel van heet water, honing, sinaasappelsap en rum.

Diego Zúñiga

La palabra se repite en distintos lugares de la ciudad: Jaar. Le pregunto a Heleen —quien está a cargo de la traducción de estas columnas— qué significa jaar en neerlandés y me dice: año. Me quedo pensando. No recuerdo si se lo dije, pero Jaar es el apellido del artista visual chileno más importante de las últimas décadas: Alfredo Jaar. Suena rara la palabra importante, como si estuviera vacía, como si fuera un adjetivo insuficiente para explicar, en realidad, el valor de una obra como la de Jaar: no sólo es muy cotizada en el mercado del arte y se ha expuesto en los museos más relevantes del mundo, sino que es, sobre todo, un trabajo que no deja indiferente a nadie.