En ese momento cayeron tres mujeres del cielo. Pero no de la manera en que otras mujeres caen, no fue cada vez más rápido, sino cada vez más lento, de modo que llegando a la altura del piso quedaron casi inmóviles pudiendo aterrizar así, sin despeinarse, en tres equidistantes sillas blancas acomodadas sobre una gran alfombra persa. No podía recordar haber experimentado alguna vez una entrada así en un festival; me pareció rara, por decir lo menos, pero yo parecía ser la única del público que pesaba así, por lo que me tragué mis suspiros de asombro y escuché a las mujeres quienes, a pesar de haber llegado de manera llamativa, no se veían sospechosas y usaban un simple micrófono para hacerse entender.
Hablaban sobre representación y realidad. Decían que a veces podías entender mejor la vida si contabas cómo un día te transformaste en un viejo oso impotente, o que existía un país donde las mujeres armaban a sus hijos con materiales que encontraban. Estaban fascinadas con la idea de lo que significa estar atrapado dentro de uno mismo e intentaron descubrir cómo sería realmente si tuvieras la oportunidad de poder, por ejemplo, despedirte de tu madre que murió trágicamente; o si, de repente, te despertaras en otra vida. Si eso sucediera de verdad, podría resultar, según ellas, decepcionante.
Y entretanto, la alfombra sobre la que se encontraban las sillas se elevó; levitó a más o menos medio metro del piso, pero una vez más parecía que yo era allí la única sorprendida. Y eso fue solo el comienzo de la noche. Y yo drogas nunca uso. O en realidad debería decir: yo nunca usé drogas. Yo, Gerda Blees, nunca usé drogas. Pero ahora soy Pink Oculus.
Cómo exactamente me transformé en ella, es difícil de describir. Todo pasó tan rápido… De un momento al otro pasé de estar ahí admirándola —ella cantando algo sobre quién quieres ser, de eso me acuerdo— a convertirme en ella; estaba parada en el escenario con mi vestido dorado diciendo que yo era Pink Oculus de Ámsterdam y que el espectáculo y la música me hacen feliz. Acto seguido me saqué el sombrero y empecé a cantar. Me sentía mucho más feliz de lo normal, totalmente fascinada por los sonidos y movimientos que había en mí.
Por lo demás, yo, Pink Oculus, tampoco uso drogas. Tengo mejores cosas que hacer.
El resto de la noche estuve envuelta en una nebulosa. Solo recuerdo pensar todo el tiempo: ¡esto es fantástico! ¡esto es fantástico! ¡esto es fantástico! ¡Mira cómo me veo! ¡Cómo hablo! ¡Cómo me siento! Pero no podía decir todo eso en voz alta, porque no soy arrogante. Por lo que me comporté como siempre me comporto, colmando de halagos a los miembros de mi banda, tomando otra copa con ellos y luego yendo a mi hotel; me desvestí y me fui a dormir, completamente desnuda en mi fantástico cuerpo nuevo.
Y esta mañana exactamente a las nueve y cuarto me desperté por primera vez en mi vida nueva. Todavía me tengo que acostumbrar un poco al alcance de mi voz. Dudo sobre qué ponerme; es posible que el sentido de la moda de Pink Oculus haya quedado en el vacío durante la metamorfosis. Pero todavía no estoy decepcionada.