Andrea Zampieri
Algo para alegrar a la gente
DOOR Gerda Blees
19-11-2017
Bloquecito, cuadradito, rombito Perdida por allá, ahora un poco más lejos del mar, pero más cerca del verde, Andrea pregunta de qué manera traducimos el texto; así, perdiendo el doble sentido, pero conservando el tono, o al revés. ¡Ambas, ambas! Una oda a Andrea me parece oportuna. El traductor es el verdadero lector, bajo la sagrada creencia en la intención del autor, aunque el autor mismo no siempre esté seguro de que esa intención exista de verdad. Claro que no pretendo, como escritora que soy, compararme con Dios, pero si es que hubo un Creador del mundo, tal vez él tampoco dé crédito a sus oídos si escucha cómo las personas interpretan los detalles de su obra como si fueran partes cruciales de un todo intencional. Mientras que él, o ella, quizá también escribió, como quien dice, por escribir. Pero entonces, esa era justamente la intención, escribir porque sí. Y así lo tenés que traducir, para que se lea como escrito porque sí. Eso te lo dejo a vos. Esferita, circulito, disquito Después del festival, alguien me envió los poemas de un poeta ya muerto, un inglés, junto con un ensayo en el que la autora escribía que ese poeta muerto solía decía que, como escritor, se está siempre en diálogo con textos anteriores. Y lo lindo era que no solo tu texto se leía a la luz de lo ya escrito, sino que, ni bien escrito, también esos textos anteriores se leían a la luz del tuyo. De modo que entonces alguien, por así decirlo, podría sostener que la obra de Borges está fuertemente influenciada por la obra de Gerda Blees. Por cierto, eso de la influencia retroactiva no es una definición acuñada por este poeta muerto, sino por otro poeta muerto, que murió antes que el primero y en cuyo ensayo, que leí poco antes, decía lo mismo. A menos que Eliot tuviera el don de la adivinación y lo usara para cometer el plagio perfecto. Anotado: Novela de realismo mágico sobre un poeta con el don de la adivinación que plagia la obra de futuros poetas. Triangulito, conito, piramidita ¡Ella escribe sin pensar, escribe sin pensar! Borges escribió una vez un cuento fantástico sobre una lotería que de a poco se fue pareciendo cada vez más a la vida real. Pero Shirley Jackson escribió un cuento todavía más fantástico, también sobre una lotería; en él, la gente de un pueblo decidía al azar quien, entre sus habitantes, sería lapidado. Cuando el cuento salió publicado, la escritora recibió un montón de cartas de indignación; la gente quería saber qué quiso decir ella con ese relato. Un mes después de la publicación, escribió en un diario (esto lo saqué de Wikipedia): “Explaining just what I had hoped the story to say is very difficult. I suppose, I hoped,…” Ahí, donde están los puntos suspensivos, le seguía un intento de explicación. La reconstrucción de una intención que tal vez no estaba ahí en absoluto en el momento de la escritura. No de forma consciente, en todo caso. Por lo que tampoco se le puede llamar intención, a menos que seas un escritor tan excepcionalmente talentoso que sepas convencer al lector y ampliar el significado de la palabra “intención” de modo tal que se convierta en un relato terminado. La madre de Jackson le escribe (esto también lo saqué de Wikipedia): “Why don’t you write something to cheer people up?” Y con esa pregunta, nos despedimos.
Alle vertalingen van Andrea Zampieri
Algo para alegrar a la gente
19-11-17
Bloquecito, cuadradito, rombito Perdida por allá, ahora un poco más lejos del mar, pero más cerca del verde, Andrea pregunta de qué manera traducimos el texto; así, perdiendo el doble sentido, pero conservando el tono, o al revés. ¡Ambas, ambas! Una oda a Andrea me parece oportuna. El traductor es el verdadero lector, bajo la sagrada creencia en la intención del autor, aunque el autor mismo no siempre esté seguro de que esa intención exista de verdad. Claro que no pretendo, como escritora que soy, compararme con Dios, pero si es que hubo un Creador del mundo, tal vez él tampoco dé crédito a sus oídos si escucha cómo las personas interpretan los detalles de su obra como si fueran partes cruciales de un todo intencional. Mientras que él, o ella, quizá también escribió, como quien dice, por escribir. Pero entonces, esa era justamente la intención, escribir porque sí. Y así lo tenés que traducir, para que se lea como escrito porque sí. Eso te lo dejo a vos. Esferita, circulito, disquito Después del festival, alguien me envió los poemas de un poeta ya muerto, un inglés, junto con un ensayo en el que la autora escribía que ese poeta muerto solía decía que, como escritor, se está siempre en diálogo con textos anteriores. Y lo lindo era que no solo tu texto se leía a la luz de lo ya escrito, sino que, ni bien escrito, también esos textos anteriores se leían a la luz del tuyo. De modo que entonces alguien, por así decirlo, podría sostener que la obra de Borges está fuertemente influenciada por la obra de Gerda Blees. Por cierto, eso de la influencia retroactiva no es una definición acuñada por este poeta muerto, sino por otro poeta muerto, que murió antes que el primero y en cuyo ensayo, que leí poco antes, decía lo mismo. A menos que Eliot tuviera el don de la adivinación y lo usara para cometer el plagio perfecto. Anotado: Novela de realismo mágico sobre un poeta con el don de la adivinación que plagia la obra de futuros poetas. Triangulito, conito, piramidita ¡Ella escribe sin pensar, escribe sin pensar! Borges escribió una vez un cuento fantástico sobre una lotería que de a poco se fue pareciendo cada vez más a la vida real. Pero Shirley Jackson escribió un cuento todavía más fantástico, también sobre una lotería; en él, la gente de un pueblo decidía al azar quien, entre sus habitantes, sería lapidado. Cuando el cuento salió publicado, la escritora recibió un montón de cartas de indignación; la gente quería saber qué quiso decir ella con ese relato. Un mes después de la publicación, escribió en un diario (esto lo saqué de Wikipedia): “Explaining just what I had hoped the story to say is very difficult. I suppose, I hoped,…” Ahí, donde están los puntos suspensivos, le seguía un intento de explicación. La reconstrucción de una intención que tal vez no estaba ahí en absoluto en el momento de la escritura. No de forma consciente, en todo caso. Por lo que tampoco se le puede llamar intención, a menos que seas un escritor tan excepcionalmente talentoso que sepas convencer al lector y ampliar el significado de la palabra “intención” de modo tal que se convierta en un relato terminado. La madre de Jackson le escribe (esto también lo saqué de Wikipedia): “Why don’t you write something to cheer people up?” Y con esa pregunta, nos despedimos.
Pero de verdad
05-11-17
—Tengo nueces. —Perdón. No quise decirlo de esa manera. —Pero decir que hui de Frisia, o que me escapé … —Debo decir que me descolocó un poco leerme a mí mismo ficcionalizado o ¿cómo decirlo? —Igual esto no se puede bailar. — ¿Quién te inspiró a usar esos asesinatos de mujeres como técnica literaria? — ¿Dijo en serio “generación de mierda” o dijo solamente generación? — Esa mujer estaba tan entusiasmada con su propio poema que tuve que romper la amistad. —No, pero sí dijo “la puta madre”, lo juro. —Me había tomado el tranvía a Schevenigen. —Ir a estudiar a Nueva York, eso sí que es escaparse. —No hace falta que leas todos esos correos electrónicos, lo que la gente prefiere en definitiva es hablar en persona. —Este orangután estaba sentado comiendo un durián en un jardín con árboles frutales a la orilla de un bosque. —Bien, dos puntos. —Esa chica estaba incómoda, era evidente. —Todos lo hacen con todos. Pero de verdad. — ¿Nos tomamos una selfie con esta canción? — Por una vez quería no seguir asociandolo todo. —Me acuerdo que el tranvía pasaba por Tanthof. —No dijeron eso sobre ese título. —Así que tampoco terminó siendo el nerd cariñoso. —Creo que he llegado a conocerlos bastante mejor. —A mí nadie me conoce de verdad. —No tengas vergüenza, ya está todo en internet. —Pero, eso de la miel y el pescado podrido lo decía en broma. —De repente pasaban tipos rarísimos por el barrio. Pero raros en serio ¿viste? Extranjeros. — ¿Alguien quiere un bocado? Última oportunidad. —Simplemente no me cae bien cuando un hombre me dice lo que tengo que hacer. —Tengo nueces. —Conocer, querer, romper ¿se entiende? —Reconocer, palíndromo. —Bien, dos puntos. — ¿A qué hora se va el ascensor? —Tiene ese tipo de pelo que da ganas de tocar todo el día así que se lo está buscando. —A mí nadie me conoce de verdad. —Por supuesto que me tendría que haber hecho escritor de novelas, así podría haber ganado dinero. — ¿A qué hora es el desayuno? — ¿Pasamos otra vez al horario de invierno? —Me parece que últimamente soy bastante seguido el centro de atención. —Tal vez empiezo todas mis oraciones con “yo” justamente porque quiero que te irrites. Digo yo. —Se me aplastó la banana en el bolso. —Te quería dar la mano nomás. —Así no se puede dormir. —Tengo nueces. —A mí nadie me conoce de verdad. —A veces es necesario. —Esa verjita está tan cerca que fácilmente podrías darle un beso, hashtag. —El otro de más gracioso. —Nos pusieron a todos a tener sexo al mismo tiempo en distintos lugares, incluso si así corrían el riesgo de perder cum shots. —Es adentro, afuera o bajo tierra y tenés que elegir. —Tienen que haberse visto en distintos estados de ánimo. —Ni siquiera en neerlandés lo entiendo. —Escuchá bien, no lo digo de manera positiva. —A veces es necesario. —A mí nadie me conoce de verdad. —Me dejó con la boca abierta cuando lo leí. —Tenemos tiempo hasta las doce y cuarto para hacer modificaciones. —Si vieras a alguien bailando así solo, pensarías que está trastornado. —Dos puntos menos. —Un beso amigable y seco en el cuello ¿es tanto pedir? — Sobre todo la indecisión colectiva me parece típica. — ¿Por casualidad no tenés algo así como un filtro? —Tengo nueces. —A mí nadie me conoce de verdad.
Yo, Pink Oculus
04-11-17
En ese momento cayeron tres mujeres del cielo. Pero no de la manera en que otras mujeres caen, no fue cada vez más rápido, sino cada vez más lento, de modo que llegando a la altura del piso quedaron casi inmóviles pudiendo aterrizar así, sin despeinarse, en tres equidistantes sillas blancas acomodadas sobre una gran alfombra persa. No podía recordar haber experimentado alguna vez una entrada así en un festival; me pareció rara, por decir lo menos, pero yo parecía ser la única del público que pesaba así, por lo que me tragué mis suspiros de asombro y escuché a las mujeres quienes, a pesar de haber llegado de manera llamativa, no se veían sospechosas y usaban un simple micrófono para hacerse entender. Hablaban sobre representación y realidad. Decían que a veces podías entender mejor la vida si contabas cómo un día te transformaste en un viejo oso impotente, o que existía un país donde las mujeres armaban a sus hijos con materiales que encontraban. Estaban fascinadas con la idea de lo que significa estar atrapado dentro de uno mismo e intentaron descubrir cómo sería realmente si tuvieras la oportunidad de poder, por ejemplo, despedirte de tu madre que murió trágicamente; o si, de repente, te despertaras en otra vida. Si eso sucediera de verdad, podría resultar, según ellas, decepcionante. Y entretanto, la alfombra sobre la que se encontraban las sillas se elevó; levitó a más o menos medio metro del piso, pero una vez más parecía que yo era allí la única sorprendida. Y eso fue solo el comienzo de la noche. Y yo drogas nunca uso. O en realidad debería decir: yo nunca usé drogas. Yo, Gerda Blees, nunca usé drogas. Pero ahora soy Pink Oculus. Cómo exactamente me transformé en ella, es difícil de describir. Todo pasó tan rápido… De un momento al otro pasé de estar ahí admirándola —ella cantando algo sobre quién quieres ser, de eso me acuerdo— a convertirme en ella; estaba parada en el escenario con mi vestido dorado diciendo que yo era Pink Oculus de Ámsterdam y que el espectáculo y la música me hacen feliz. Acto seguido me saqué el sombrero y empecé a cantar. Me sentía mucho más feliz de lo normal, totalmente fascinada por los sonidos y movimientos que había en mí. Por lo demás, yo, Pink Oculus, tampoco uso drogas. Tengo mejores cosas que hacer. El resto de la noche estuve envuelta en una nebulosa. Solo recuerdo pensar todo el tiempo: ¡esto es fantástico! ¡esto es fantástico! ¡esto es fantástico! ¡Mira cómo me veo! ¡Cómo hablo! ¡Cómo me siento! Pero no podía decir todo eso en voz alta, porque no soy arrogante. Por lo que me comporté como siempre me comporto, colmando de halagos a los miembros de mi banda, tomando otra copa con ellos y luego yendo a mi hotel; me desvestí y me fui a dormir, completamente desnuda en mi fantástico cuerpo nuevo. Y esta mañana exactamente a las nueve y cuarto me desperté por primera vez en mi vida nueva. Todavía me tengo que acostumbrar un poco al alcance de mi voz. Dudo sobre qué ponerme; es posible que el sentido de la moda de Pink Oculus haya quedado en el vacío durante la metamorfosis. Pero todavía no estoy decepcionada.
Una vida leisurely
03-11-17
Traducimos. En la habitación de hotel adyacente: un funcionario extranjero de origen italiano llama a su mujer desde la bañera para asegurarle que está solo. Un rato antes, en la calle: dos hombres le dicen a una mujer que debe retroceder, que lo que corresponde es que la mujer siempre esté unos pasos más atrás mientras que el hombre— quedamos fuera del rango auditivo y expresamos nuestra esperanza de que estén hablando sobre pasos de danza. Poco después la ventana que enmarca a una chica morena con auriculares plateados pasa deslizándose, sobre eso no hay nada que agregar, de modo que la conversación sobre el Holliday Inn en Leiden puede seguir su curso. Entretanto, en la habitación de al lado, persiste la voz del italiano al teléfono —que, escuchando con atención, resulta ser español— en compañía de dos o tres risueños amigos y algunos vasos tintineantes. Retrocediendo otra vez en el tiempo, en el restaurante, la pregunta sobre de qué tipo de cockiness se trata exactamente, porque justo de eso depende si podés odiar un poquito o no el trabajo de Jorge Luis Borges. Mientras tanto el intento de descubrir cómo exactamente  viaja el sonido por los conductos de aire entre las habitaciones. El pulso que se acelera junto con la irritación autoreprimida. Más temprano en la tarde, plato de entrada de por medio, el problema de la puntuación que no le permite a quien escribe en español unir oraciones mediante una fila infinita de comas. A lo que le sigue el pensamiento de que, estrictamente hablando, eso tal vez tampoco pueda hacerse en neerlandés, pero los límites de ese idioma creemos conocerlos lo suficiente como para tomarnos la licencia poética de excederlos. Y en todo ese tiempo los españoles en la habitación de al lado, que ahora parecen hablar también algo de inglés. El descubrimiento de la puerta que comunica las habitaciones dejando pasar las carcajadas en aumento. El temor de que estos españoles que hablan inglés puedan seguir haciendo chistes toda la noche. Un par de horas antes, caminando hacia el restaurante: la búsqueda de puntos de contacto. El juicio sobre rasgos de personalidad y la dinámica del grupo. La chica que se ríe amablemente y dice poco, la chica que se distrae rápido, el chico que por naturaleza complace a todos. Y entretanto, detrás de la puerta la conversación que va entre el inglés y el español. La contractura cervical en aumento, dientes que rechinan, la ansiedad de actuar sin saber cuál es la regla de etiqueta para el caso. La necesidad de consultar internet. La tarde anterior: llegada a un hotel en país propio, un pasillo lleno de puertas idénticas y el recuerdo del hombre que dijo que las habitaciones de hotel son the worst, sin explicar lo peor de qué. Pero ahora el cuerpo deseoso de descanso toma las riendas y se levanta para pedirle al vecino español que hable más despacio. El hombre sorprendentemente menudo que abre la puerta y dice —Ah, yes come in! We were just leaving—. Camino de regreso a la blanda cama, la duda acerca de un texto plagado de extranjerismos. Una vez bajo frazadas herméticas el libro que habla sobre manuscritos que at a leisurely pace son traducidos. El anhelo de una vida leisurely. Y entonces, cuando todo está en silencio en la habitación adyacente, la noción de que esta vida tal vez lo es.
Proludio (sic)
20-10-17
Empiezan despacio, por no decir en silencio. Lo que oímos viene de afuera: el susurro de una autopista lejana, un motor que acelera, la campana de un tranvía, una voz que grita, ininteligible, incluso si escuchamos con atención, con todos los sentidos. El viento silba en las ventanas, quizás el comienzo de una tormenta proveniente del mar, pero aquí dentro, entre estas paredes, el aire permanece quieto; y detrás de las cortinas negras no se oye casi nada, nada que se pueda llamar audible. Desde los edificios circundantes se filtran hasta nosotros voces que deliberan, voces con tono interrogativo, dubitativo, pero cada vez más categórico, seguro, definitivo; y a veces con una inflexión de pánico reprimido. Detrás de las conversaciones se oye el tecleo de los teclados. Los que tenemos el oído más fino distinguimos bolígrafos que se deslizan sobre el papel, y rotuladores sobre pizarras blancas; y pulgares que pulsan pantallas. Pasos amortiguados sobre una alfombra; creemos percibir que hay gente que da algo por terminado… o está lista para dar comienzo a… En algún lugar cercano a nosotros se abre una puerta con un chirrido y vuelve a cerrarse. Otros pasos, más pesados, de personas grandotas, con músculos y cajones hacen eco en el pasillo. Alguien carga un carro; cruzando un umbral, diversos cajones, parlantes y otros aparatos van a parar con un golpe en un lugar provisorio. Los ruidos más fuertes se nos aproximan. Una puerta de vaivén se abre bruscamente, se cierra con un golpe y se vuelve a abrir, y a cerrar, y queda abierta. Llevan y traen y cargan y empujan todo cruzando el umbral. Alguien desenrolla un poco de cinta adhesiva —prrrt—, corta —rats—, desenrolla y corta —prrrt-rats— y pega, despega —rrrt— y vuelve a pegar. Un teléfono suena con un tono anticuado, como si tuviera un gran auricular gris con un cable espiral. Oímos del otro lado una voz bajita que pregunta: a qué hora era, de acuerdo, y cuál era la dirección, ¿y para estacionar? Y mientras las últimas indicaciones se disipan en el pasillo, empieza la cosa, detrás de las cortinas negras. Empieza con pies que se arrastran, últimos ajustes del vestuario, cuerpos que se estiran, con alguna que otra articulación que suena, algún tendón; detrás de las cortinas también se oye como si estuvieran listos para algo, para eso. Algo empieza a hacer tictac, algo que se mueve con otra cadencia que la de los relojes, los teclados o la lluvia contra las ventanas. Algo como pasos con un tempo marcado por alguien. Se presenta un contrapaso. Empiezan, lo escuchamos claro, viene el susurro suave, como el sonido de un altoparlante hipersensible, pero, sin embargo, es un murmullo; ¿Acaso no escuchamos puntas de lenguas contra paladares, aire que pasa silbando entre labios, dos labios, o cuatro, o siete? No, siete no pueden ser, ocho entonces. Alguien pronuncia una palabra, una frase, por un instante sugiere una melodía. Creemos reconocer un acorde, una oración, el comienzo de —sí ¿o no?— de una lengua, qué lengua —¡oh! Por cierto, no es eso—. ¡Chist! Detrás de la cortina negra se escucha un cachetazo —¡Ay!—, murmullos de indignación. Silencio. Pero sería... despacio, empezaríamos despacio, casi en silencio. Sí, pero qué es casi. Vamos a... Sí, vamos a empezar, por favor. Vamos. Ya llega, llega, llega, lleg... ¡chist!