Andrea Zampieri
Prolude (sic)
DOOR Gerda Blees
20-10-2017

Empiezan despacio, para no decir en silencio. Lo que escuchamos viene de afuera: el susurro de una autopista lejana, un motor que se pone en marcha, la campana de un tranvía, una voz que grita, ininteligible, incluso si escuchamos atentos, todavía más atentos. Un viento pasa silbando frente a las ventanas, quizás el comienzo de una tormenta proveniente del mar, pero aquí dentro, entre estas paredes, el aire está quieto; y detrás de las cortinas negras no suena casi nada, nada que se pueda llamar audible.

Desde los edificios circundantes se filtran hasta nosotros voces deliberantes, voces con tono: interrogativo, dubitativo, cada vez más categórico, seguro, definitivo; y a veces con un giro de pánico reprimido. Detrás de las conversaciones escuchamos el tecleo de los teclados. Los oyentes agudos entre nosotros pueden oír los bolígrafos deslizarse sobre el papel y los rotuladores, sobre pizarras blancas; las puntas de los pulgares contra los teléfonos móviles. Pasos amortiguados sobre una alfombra; creemos percibir que hay gente en algún lado que está lista con… o para, está lista para…

En algún lugar cercano a nosotros se abre una puerta con un chirrido y vuelve a cerrarse. Otros pasos, más pesados, de personas más altas, con músculos y cajones hacen eco en el pasillo. Alguien carga un carro; cruzando un umbral, diversas cajas, cajones y otros aparatos van a parar con un golpe en su lugar provisorio. Los ruidos más altos se nos acercan. Una puerta de vaivén se abre bruscamente, se cierra con un golpe y se vuelve a abrir, y a cerrar, y se queda abierta. Llevan y traen y cargan y empujan todo a través del umbral. Alguien desenrolla un poco de cinta adhesiva —prrrt—, corta —rats—, desenrolla y corta —prrrt-rats— y pega, despega de nuevo —rrrt— y pega nuevamente. Un teléfono suena con un tono anticuado, como si tuviera un gran auricular gris con un cable espiral. Oímos del otro lado una voz bajita que pregunta: a qué hora era, de acuerdo, y cuál era la dirección, y el parking. Y mientras las últimas indicaciones se disipan en el pasillo, empieza, detrás de las cortinas negras.

Empieza con pies que se arrastran, prendas de vestir siendo acomodadas, cuerpos que se estiran, con alguna que otra articulación que suena, un crujiente tendón junto a un hueso; detrás de las cortinas también suena como si estuvieran listos para algo, para esto. Algo empieza a hacer tictac, algo que maneja otra cadencia que la de los relojes, teclados, lluvia contra una ventana. Algo con un tiempo elegido por alguien. Se presenta un contratiempo. Empiezan, lo escuchamos claro, viene el susurro suave, como el sonido de un bafle hipersensible, pero, sin embargo, es un murmullo; no escuchamos puntas de lenguas contra paladares, aire que pasa zumbando entre labios, dos labios, o cuatro, ¿o siete? No, siete no pueden ser, ocho entonces. Alguien prueba decir una palabra, una frase, apenas se parece a una melodía. Creemos reconocer un acorde, una oración, el comienzo de —Sí ¿o no?— y de la lengua, qué lengua —¡Oh! Por cierto, no es esta—.

¡Chist! Detrás de la cortina negra se escucha un manotazo —¡Ay!—, murmullos de indignación. Silencio. Pero sería… despacio, empezaríamos despacio, casi en silencio. Sí, pero qué es casi. Vamos a… Sí, vamos a empezar, por favor. Vamos. Ya llega, llega, llega, lleg… ¡chist!

Alle vertalingen van Andrea Zampieri
Prolude (sic)
20-10-17

Empiezan despacio, para no decir en silencio. Lo que escuchamos viene de afuera: el susurro de una autopista lejana, un motor que se pone en marcha, la campana de un tranvía, una voz que grita, ininteligible, incluso si escuchamos atentos, todavía más atentos. Un viento pasa silbando frente a las ventanas, quizás el comienzo de una tormenta proveniente del mar, pero aquí dentro, entre estas paredes, el aire está quieto; y detrás de las cortinas negras no suena casi nada, nada que se pueda llamar audible.

Desde los edificios circundantes se filtran hasta nosotros voces deliberantes, voces con tono: interrogativo, dubitativo, cada vez más categórico, seguro, definitivo; y a veces con un giro de pánico reprimido. Detrás de las conversaciones escuchamos el tecleo de los teclados. Los oyentes agudos entre nosotros pueden oír los bolígrafos deslizarse sobre el papel y los rotuladores, sobre pizarras blancas; las puntas de los pulgares contra los teléfonos móviles. Pasos amortiguados sobre una alfombra; creemos percibir que hay gente en algún lado que está lista con… o para, está lista para…

En algún lugar cercano a nosotros se abre una puerta con un chirrido y vuelve a cerrarse. Otros pasos, más pesados, de personas más altas, con músculos y cajones hacen eco en el pasillo. Alguien carga un carro; cruzando un umbral, diversas cajas, cajones y otros aparatos van a parar con un golpe en su lugar provisorio. Los ruidos más altos se nos acercan. Una puerta de vaivén se abre bruscamente, se cierra con un golpe y se vuelve a abrir, y a cerrar, y se queda abierta. Llevan y traen y cargan y empujan todo a través del umbral. Alguien desenrolla un poco de cinta adhesiva —prrrt—, corta —rats—, desenrolla y corta —prrrt-rats— y pega, despega de nuevo —rrrt— y pega nuevamente. Un teléfono suena con un tono anticuado, como si tuviera un gran auricular gris con un cable espiral. Oímos del otro lado una voz bajita que pregunta: a qué hora era, de acuerdo, y cuál era la dirección, y el parking. Y mientras las últimas indicaciones se disipan en el pasillo, empieza, detrás de las cortinas negras.

Empieza con pies que se arrastran, prendas de vestir siendo acomodadas, cuerpos que se estiran, con alguna que otra articulación que suena, un crujiente tendón junto a un hueso; detrás de las cortinas también suena como si estuvieran listos para algo, para esto. Algo empieza a hacer tictac, algo que maneja otra cadencia que la de los relojes, teclados, lluvia contra una ventana. Algo con un tiempo elegido por alguien. Se presenta un contratiempo. Empiezan, lo escuchamos claro, viene el susurro suave, como el sonido de un bafle hipersensible, pero, sin embargo, es un murmullo; no escuchamos puntas de lenguas contra paladares, aire que pasa zumbando entre labios, dos labios, o cuatro, ¿o siete? No, siete no pueden ser, ocho entonces. Alguien prueba decir una palabra, una frase, apenas se parece a una melodía. Creemos reconocer un acorde, una oración, el comienzo de —Sí ¿o no?— y de la lengua, qué lengua —¡Oh! Por cierto, no es esta—.

¡Chist! Detrás de la cortina negra se escucha un manotazo —¡Ay!—, murmullos de indignación. Silencio. Pero sería… despacio, empezaríamos despacio, casi en silencio. Sí, pero qué es casi. Vamos a… Sí, vamos a empezar, por favor. Vamos. Ya llega, llega, llega, lleg… ¡chist!